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¿Es posible usar un lenguaje inclusivo de género?

Durante los últimos años se ha escrito mucho sobre la necesidad de usar un lenguaje inclusivo de género. En la red se pueden encontrar interesantes reflexiones sobre ello. La Real Academia de la Lengua no ha adaptado, hasta la fecha, las normas lingüísticas a una necesidad de la calle, de ciertas calles. Queremos usar un lenguaje en el que todas las personas se sientan identificadas y reconocidas. Pero no resulta sencillo.

Los plurales masculinos son una de las principales expresiones en las que las mujeres quedan excluidas cuando forman parte de un colectivo. No es raro escuchar o leer fórmulas como “todos, los ciudadanos, los profesores, los alumnos, los médicos”… el patrón masculinizado se impone por norma. Incluso hasta en colectivos donde la realidad ha cambiado o están cambiando. Es decir, donde ya existen más mujeres que hombres, como es la profesión médica: El 70% de las nuevas doctoras que finalizan el MIR son mujeres. El género minoritario, por una norma heredada de hegemonía de género masculino, se usa como el aglutinador.

Este uso del lenguaje, en paralelo, construye o mantiene de una forma sutil e inconsciente en nuestro imaginario colectivo una impresión gráfica o intuitiva de que, por ejemplo, en la profesión médica los hombres son la mayoría. Construimos nuestra interpretación de la realidad desde el lenguaje.

Esta teoría ya fue desarrollada en 1966 en el libro ‘La construcción social de la realidad’ escrito por Peter L. Berger and Thomas Luckmann, quienes señalaban que “el lenguaje es capaz de convertirse en el almacén objetivo de acumulaciones de significado y experiencia, que luego puede preservar en el tiempo y transmitir a las siguientes generaciones”.

Las alternativas al masculino plural

Las fórmulas alternativas usadas hasta la fecha para expresar la diversidad de género de los colectivos no han convencido a la mayoría de los comunicadores profesionales. Hay quien usó y aún usa la @, la x, y hasta los plurales en “es”. También los pares: amigos y amigas, socios y socias; o la generalización del femenino, entendiendo implícitamente en su uso que se refiere al plural de personas.

Los argumentos contra estas alternativas suelen oscilar entre la poca ortodoxia de la regla espontánea, el no entender la importancia del lenguaje como constructor de realidades y la economía del lenguaje, desde las personas bien intencionados, pero más tecnicistas.

Sin embargo, si aspiramos a un lenguaje inclusivo que refleje la realidad diversa, esta sensibilidad y criterio han de acompañarnos cada vez que escribamos como comunicadores profesionales, y en nuestra vida personal. Si entendemos que el lenguaje perpetúa discriminaciones o puede provocar transformaciones solo nos faltará dedicarle unos minutos más de atención a nuestro texto. Porque siempre, o casi siempre, hay otra manera de expresarlo.

¿O no significa exactamente lo mismo ciudadanía que ciudadanos? ¿Apostamos por usar palabras como gente, pueblo, sociedad, alumnado, profesorado? La voluntad y el diccionario harán el resto.

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